Marcela Zamora y las esquinas más profundas iluminadas

Marcela es una cineasta Latinoamericana. La entrevista realizada se nos vuelve en una pequeña clase -para nosotros, nuestros lectores y estudiantes- de una ética del arte o del intento artístico. No es para menos, ella es una gran profesora también y a partir de sus clases intensifica su exploración.

“Mi primera clase siempre comienza con el tema de la pasión, uno tiene que hacer arte con el tema que le apasionan, porque hacer arte es difícil, hacer arte conlleva toda una lucha, porque hacer arte es un camino muy largo… para hacer una pieza que tenga valor, que tenga un legado. Entonces si a vos (…) no te apasionan los temas que estás cubriendo, (…) no lo hagas, si a vos te apasionan las hormigas, hacé un documental sobre las hormigas, que va a ser el mejor documental de hormigas del mundo”.

Nos cuenta una historia hermosa con un ejercicio que le pone a sus estudiantes de narrar cuál sería el inicio cinematográfico de su historia y cómo sería el final para todos -su funeral-. Una alumna que modela terminó por retratar un cuerpo joven, alto, de pelo rizado y grandes ojos en un ataúd. La estudiante terminó haciendo una tesis donde era capaz de mostrar que un cuerpo así podía ser un cuerpo que no se había disfrutado, que era para el disfrute de los otros y que nunca había sentido realmente amor. El tema para la carrera fílmica de esta profesional sería los cuerpos.

De Zamora podemos extraer siete elementos para hacer arte: la pasión; poder solucionar, que tiene que ver mucho con la demandante empresa para el arte que siempre es el cine, pero también nos recuerda los artistas que se frustran, implotan en sus propias complicaciones y nunca logran que su arte llegue a la luz o inclusive la disciplina venza los problemas de espacio y tiempo; lo sensorial -que es por lo que ella se entiende como mujer oreja y que explica que tenga escenas donde se busca que el espectador pueda oler lo que sucede allí; la intensidad para participar de la propia vida -que la ha llevado a ella a ser mesera, limpiar casas, amar y sufrir por amor-; la empatía; la honestidad y la imaginación.

La imaginación nos lleva a la niñez de Marcela en una finca de Nicaragua con una abuela agricultora y una madre trabajadora. Era una niñez feliz sin demasiadas comodidades, pero con todos los cuidados que la llevaron al silencio necesario y a amar la noche.

“Ese poder de imaginar, de escaparme, de meterme en medio del chagüite, del platanal, de subirme al palo de limón (…) y ver el cielo, y tener tiempo para imaginar, tiempo de silencio, el silencio es muy importante para imaginar, el ocio es muy importante para crear. (…) Yo estaba creando monstruos en mi cabeza, haciendo rutas en la finca, haciendo castillos de lodo (…)”.

En el silencio ocurría la imaginación y todo lo que ella creó que generaría ese músculo mitad cabeza, mitad corazón. En la noche llegaba su mamá a leerle cuentos que el papá construía -distintos e inéditos- a diario.

Es de su mamá de la que aprendió la empatía, pero tanto a su papá y a su mamá se le acercaban las personas a contarle sus historias. Pero esto en Zamora casi que es más intenso y claramente sucede a más temprana edad.

Un día cuando tenía siete años se separó un minuto de sus papás y se perdió, al parecer ella nunca se dio cuenta que estaba perdida, pero la encontraron en una banca dándole palmadas en la espalda a un payaso que lloraba. El payasito pidió disculpas a los papas y les dio las gracias porque su hija había escuchado su historia.

“Esta niña viene a contar la historia de los demás”-empezó a saber su mamá desde esa vez-.  cada artista tiene un poder, pero el principal poder de ella es sentarse con alguien y que la gente termine contándole sus problemas.

La historia de su familia y su eje está claramente en El Salvador. Su mamá es su mejor aliada y crítica y a ella le dedicaría luego el documental Los Ofendidos. Acá está inspiración de conversaciones con la mamá en las que le contaba cuando a su padre lo capturaron y lo torturaron durante 33 días.

De Rubén Ignacio Zamora Rivas Marcela sacó muchas cosas, empezando la terquedad y ese carácter luchador; del ejemplo de él aprendió la honestidad y a decir la verdad. Su preadolescencia fue estar consumiendo una coyuntura política, cientos de transiciones de un país -para nada tranquilas-, que llegaban a todos los espacios y ocupaban todas las horas.

“Política es la vida, un acto político es esta entrevista que estamos haciendo nosotros, un acto político es decidir no golpear a tu hija y criar sin golpes a una hija, política hacemos todos los días de la vida, nací con un padre político entonces todos los días hacíamos política en mi casa”.

Hasta que ella volvió a El Salvador a la edad de 10 años no entendió la dimensión de la lucha y el peligro que corría su papá. Regresar fue aprender “lo que es la vida dura”. Incluso le pusieron una bomba en su casa, y aunque en la postguerra los supermercados estaban llenos y los centros comerciales eran gigantescos -para lo que conocía de su experiencia rural en una Nicaragua pobre-, rápidamente se dio cuenta que no había cultura, que no había librerías o bibliotecas y que el arte se había suspendido y estaba en una brecha desde donde la generación de ella surgiría.

“En la brecha nací”.

Se trata de la de “Generación De”, una generación de las víctimas y victimarios de la guerra civil.  Desde allí empieza a emerger todo un arte con muchas dificultades, a veces sin saber cómo o por qué por qué. Tal vez porque cuando llegó al poder un gobierno de izquierda muchos artistas ya formados volvieron; aunque la decepción llegaría rápido. La hace pensar en irse de El Salvador que su hija no pueda correr al parque en la noche, que no pueda escapar con la primera pareja: la noche está tomada por terrores y los parques siempre están desolados por personas armadas.

Foto: Gerson Nájera

“Creo que el arte es la única herramienta que puede lograr hacer una catarsis colectiva y una catarsis individual (…). No creo en las balas, no creo en las armas, no creo en los militares, ni creo en los Policías con armas, creo en una Policía comunitaria, y por supuesto en una justicia, pero una justicia entre iguales, porque aquí la justicia es sólo para gente con plata”

Marcela cree que a El Salvador es un país al que le hace falta el tejido social, le hace falta empatía, le hace falta amor a sí mismo; es un país que se quiere muy poco a sí mismo, es un país con mucho resentimiento, es un país que necesita una catarsis” Y aunque todavía es difícil sacar a la gente a la calle, es el momento para hacer arte y hacer que este país pase de la postguerra a la paz.

La llena de esperanza que la obra de Brenda Vanegas, de Julio López y la de ella misma ya está produciendo una catarsis que tiene lugar en el cine, en las proyecciones.

Desde lo más oscuro

“De los temas que he cubierto, la trata de menores y la desaparición forzada son los temas más duros que he trabajado. Todo duele (…), pero vos no te podés sobreponer de una desaparición y la trata de menores deja una marca que nunca se va a quitar”.

Estuvo con una niña esclavizada sexualmente entre México y Centro América por siete años. El trauma de la adolescente era tan severo que sólo decía que la dejaran morir. Llegó a sentir tal grado de impotencia, que opinó que la tenían que dejar morir; entendió sus horrores más profundos.

Con los desaparecidos descubrió que la importancia del lecho, de los huesos y una tumba es tal que una madre termina muerta en vida buscando a su hija.

Foto: Salvador Melendez Girón

Esta mujer llena de vida y de alegría, que baja por nosotros a esas profundidades comprendió que su misión es “iluminar esas esquinas profundas, donde la gente cree que no hay esperanza, y ahí es donde más esperanza encontrás”

Ella hace arte por la gente que el sistema rechaza, no escucha y cree que son desechables. Por esa mujer que tuvo que migrar y no quiere hablar o no tiene forma de desarrollar una bandera y una identidad distinta a una lástima -que ni siquiera se convierte en solidaridad real-, porque todo el mundo sabe que si cruzó las fronteras hasta México, tuvo que ofrecer su cuerpo -dentro de un sistema corrupto y mafioso de violadores-.

Ha logrado que su obra sea universal cuando después de un documental sobre migrantes, un joven camboyano se le acerca y le dice en inglés que esa es la historia de su familia.

“Si hago un documental sobre migrantes yo no me desligo de ese tema, yo no hago una nota periodística y paso a la siguiente, a mí me suena, me hablan siempre mis personajes, me dicen me pasó esto, me pasó lo otro. (…) Y eso es activismo al final: no abandonar un tema, darle continuidad, estudiarle, generar consciencia política y social”

Le parece que ahora los artistas están en el centro de los movimientos sociales en San Salvador y eso permite que haya real reconciliación en procesos más puntuales e intensos, resocialización, segundas oportunidades -para los que no tuvieron primeras- y curación.

Foto: Jaime Guerra

Nutrirse o tener una reserva

Ella estudió en Costa Rica, Cuba y México, también vivió en Nicaragua, Venezuela y Colombia. Pero para ella debe hacer un solo corazón y entiende a Latinoamérica como parte del mundo.  No cree en eso de un corazón europeo, un corazón latinoamericano o un corazón asiático.

Nos dice que su principal referente es Lucrecia Martel, Chantal Akerman luego y Emir Kusturica, pero nos aclara que su artista favorita es María y luego Oriana Fallaci. María es su hija; coincidencialmente María en Tierra de Nadie es el nombre de su obra más querida.

María toca la batería y dibuja, pero cuando María canta es el momento en el que ella se dobla. María es el parte de aguas, ella explica que empezó a hacer cine muy distinto después de ella -y que con ella- alcanzó la madurez estética.

Zamora nos lleva brevemente a ese lugar feliz, a la fuerza total para la sensatez y toda la creación, la retaguardia.

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Fuentes

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