SADAY O EL OCTAVO DEL APOCALIPSIS (DOS)

LAS NUBES DE CADA DÍA

¿Qué pasa?

¿Qué latente histeria

se mueve en los confines

de este castillo adolescente?

Pasa que los cuadros del infinito

caen sobre su frente

y la ortografía de una mañana negra lo acorrala.

Pasa que va atado de pies y manos

a la ceremonia de las hienas

con el alfiler de un esqueleto

punzándole los testículos,

atravesando sus sienes y baila.

¿Qué sucede?

¿Qué vibración de ponzoñas

pariendo néctar de azufre mueven al pupilo?

Sucede que es una isla bombardeada,

sucede que está aporreado desde el vientre

y no cesará hasta liberarse del castigo indomable.

Sepan que poner verdades en el vientre

es crear dioses o bestias.

Golpea hasta el cansancio,

elimina, insulta, es el cáncer,

incide, estruja,

preserva su identidad enmarañada

en encéfalos ancestrales.

Sale corriendo hacia sí mismo atropellando,

enjaulado, renegado, desmesurado, anquilosado,

arrancando cabezas,

probando la finura de los tejidos

con el filo de los cuchillos,

fusilando niños de su misma edad.

Sucede que se enamoró de una muerte,

termómetro de la inteligencia revolcada de un huérfano.

Sucede que el alcohol hirviente de su cárcel

le brinca de ojo en ojo como un clavo

y el terremoto de los arquetipos

dejó damnificada su humanidad.

Sucede que es un archipiélago amurallado,

que lo expatriaron los continentes del abuso

en mitad de un océano de conflictos.

Ocurre que lo dejaron tirado

como él deja tirados sus trofeos

y se le muere la muerte

y lo deja crucificado a la máquina fatal.

¿Qué le espera entonces?

Estar solo como el acertijo,

ir gozoso en su ampollada maratón,

funámbulo sobre un alambre de púas.

EL FERVOR DEL EXTRANJERO

Heme aquí,

ritmo callado,

torre de espinas y cal,

alegría seca del extranjero.

Atisbo sobre la cúpula el ciruelo húmedo,

la pesadilla del océano embravecido,

los gemidos de la tierra

como un hombre que anticipa su regreso

al pueblo dormido

donde un perro flaco ya no ladra.

Despierto a medianoche

y los grillos hacen fiesta en el jardín.

Y tú, clima de incienso iracundo

¿qué haces al otro lado de los montes?

Huelo a sábado de serenata trágica,

a semen de vagabundo.

Enseño mi aura arcoiris,

invierto asustados sueños y vigilias

y escucho la metafísica de los hindúes.

Intento llegar a la verdad

que es esquiva y debe ser atendida a solas,

oficiando sacrificios conciliadores,

amando lo imposible.

¿Chapoteas en la bañera de tu corazón?

Hay que nadar como escualos

para entrar al salón de acuario.

¿Has otorgado al maquillaje tu equilibrio?

Llegará un caballo embrujado por tu balanza

para llevársela a la jungla.

¿Te ha hechizado el carnero?

Pon tu dedo entre los ojos

y atraviesa las antiguas parábolas de tus sentidos

hasta llegar a los balnearios que se unen al trueno.

Aprende de la fuente tersa sin delirio;

no temas repetir la prohibida medicina

de duendes y ocultistas.

¿Conoces el Carro de Cibeles,

diosa de la Tierra?

Si montas en sus leones

habrás visto los insomnios de las logias,

habrás cenado en los cuadrantes

del hábitat profundo,

habrás sostenido una conversación

con la alquimia dramática de la interrogante

sin turbarte por el eco que viene del eco

de tus bosques y calabozos boreales.

Sal y siente la eternidad

que brota incesante de tus elementos

y prolóngate en los demás,

jubiloso al otro lado de las paredes.

¡Traedme ventanas abiertas!

¡Traedme puertas abiertas!

¡Traedme bocas cerradas o clarividentes!

Traedme el muro que habéis sembrado en la frontera:

haré que se vuelva paloma,

lo pondré a nadar en mi sombrero.

Traedme los significados

y haré que bailen como una niña estrenando muñeca.

Para ser no es necesario el concepto.

Traedme la dualidad antes de que muera

para grabar su agonía en la placa de la experiencia.

Hemos puesto en juego la verdad y la vida

y en las aldeas se ríen de nuestra sabiduría.

Anda, moveos,

traed la obsidiana y labrad un gran puñal

que interrumpa la barbarie sagrada del mundo.

¿Qué hay del sortilegio gitano aprendido

antes de poblar esta Tierra con andamios pútridos?

¿En qué biblioteca se escucha el punteo

del indígena que acaricia la tierra?

¿Quién nos enseñó el mal augurio del barranco?

Yo me descalzo,

mi diapasón se descalza,

la orquesta se descalza.

Recobramos el ardor salvaje de los leopardos:

con las manos y las lenguas y los dientes y las uñas

nos domesticamos en el golfo monstruoso del deseo.

Cuando el nudo se deshaga,

castigará al ruin que tiró el odio como una dádiva.

¡Juro que aún se revuelca en el sepulcro!

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