SADAY O EL OCTAVO DEL APOCALIPSIS (TRES Y ÚLTIMO)

PARA CONTAGIAR LA CALMA

Hombres, niños del mundo,

mundos del mundo,

universos del mundo:

¡no vacilen, entonen la melodía de sus siembras!

He aquí el reino prometido,

el reino pisoteado,

el palacio de jaspe, perlas y aguamarina.

Abran sus ojos, extiendan su piel y palpen,

desarrollen su olfato,

aniquilen el ego herético que tienta sus oídos

y saboreen el elixir de los sexos

como si fuera la última plegaria.

Seguir esperando es fulminar el reino

multiplicado como los cabellos.

¿Quién te ordenó que dejaras las geografías aéreas

para golpearte en la memoria de los peñascos?

¿Fue necesario marcar tu pobre pellejo

con un porvenir de miseria?

¿Qué semilla se ha secado en tu garganta

como una oración?

Irremisible es nuestro destino de alaridos,

el callar hace que declinen las cabezas.

Hemos cobrado cuentas falsas a la Naturaleza

y empujo la camilla sin sacar conclusiones,

porque una conclusión es excusa

para cruzarnos de brazos.

Hemos desatendido las palabras de los solitarios

y esquivado las señales dadas por el tiempo,

y esta es la amonestación:

ver el talismán incinerado por la ignorancia

y caer a la sima del desprecio.

La música baraja inviernos y selvas,

resonancia química de milenios,

relámpago incrustado en la materia.

¿Aún buscas quién te alivie?

Oye entonces la corriente que se desborda,

la fuerza que se descongela

y es un canto coronado de pasión.

Como una vasija estropeada

se regarán los continentes y las fortificaciones

y lo nómada, lo sin refugio, lo aferrado al limbo.

Diremos adiós al sórdido espejismo.

Llorarán los ejércitos,

habrá aridez,

el vigor quedará tendido sin pañuelos ni criptas.

La Unidad doblegará la eucaristía perversa

y enmudecerá luego de solidarizarse con la belleza,

pues aún nada ha sido creado y no existe absoluto.

Entonces la Sabiduría será esa paciencia

que estará acompañada

por las oficiantes del gran sacrificio,

donde un cráneo

es rescatado del jardín imperial que desfallece.

Denuncio la indomable forma

de un reloj descompuesto

que corre como un adolescente.

Cuando la respuesta es desolación,

postergo mi prédica.

Muchos habrán de salir para anunciar,

muchos habrán de callar para permitir,

muchos habrán de sentir revelaciones

de grandes esferas;

porque el submundo de la conciencia

pide las profecías.

A los hombres no se les puede salvar de la salvación.

Se unirán las cabezas que salen del sexo de los ángeles

y sus trompetas serán alas azules de mercurio.

Un solo ojo tendrá las miradas de los contrarios

y el nombre oculto en una mano

se acumulará en los días que siguen a la voluntad

hasta el yunque donde se forja el rumbo.

Muchos continuarán en guerra,

llevados por sogas que arden como el plomazo.

Si alguno sobrevive, se dirá:

este fue el lugar

donde el hombre asesinó al hombre

por el temor al hombre.

Música apostólica y renegada,

cántaro donde se desnudan los dolientes.

Música bestial bendita, te nombro en el ayuno.

LOS PAÍSES DEL ESTANQUE

¡Que comience la fiesta! El pretexto es ninguno. Imaginen que van a despedir al hijo que se monta en el vagón de lujo del suicidio universal. ¿Lo ven? Deja todas sus maletas y no está triste. No se amarga la vida con los misterios de la vida. Él también agota la vida en la vida, reverencia el gran milagro. Nunca cifra su ascenso en la traición o en el ofrecimiento de una moral inquisidora. Gime ante el baile de una hazaña, y cuando algún transeúnte levanta con miedo el lente roñoso del misterio, anticipa la locura. Está contagiado de nativos desnudos, pendientes de la pesca con la laguna hasta el ombligo. Contagiado de sal y manglares y del anciano barba blanca que saluda con sonrisa mueca despreocupado por la azarosa travesía. Que pataleen los negros con sus maracas y acordeones, que hablen por él las caderas paranoicas, que sean eco de sus pisadas los cortos circuitos, la velocidad y la estridencia; su delicia suena a volcanazos y lleva un otoño de ciervos en sus bolsillos. Arrastra la furia del cadáver del ángel caído, arrastra la náusea existencial de las anunciaciones, arrastra la serenidad de una fosa cubierta por la nieve. Confuso como un espíritu mal acostumbrado a la palabra, metido con quinientas compresas de té en la tienda de la muerte, su perseverancia es respetada por bandoleros y zorros. Lleva una carpa en el pecho y ningún paraje inmaculado lo detiene. Cuando el cansancio se embrolla en el eje en que se juntan los días, advierte el momento de partir. No para ni siquiera ante el ojo de una aguja. Esta aria de la existencia le parece terrible, mas cuando llega el coro siente la verdadera soledad. Sale de las cuevas del hielo y bebe la leche del paraíso. Entra a la buhardilla de los astros y sopla el traje de las enciclopedias. Encuentra una sola estampilla en el baúl y el cadáver de una golondrina que dejó estrellada la vida en el ventanal, en la transparencia del ventanal donde se zambulle la mosca. Entonces piensa: estamos llenos de vidrios que no se pueden quebrar; si ocurriera, el disturbio nos desquiciaría. Sin embargo, un resto de nosotros lanza piedras pidiendo el favor de la demencia. Él no quiere hombres o mujeres, está decepcionado de las divisiones. A él se le alimenta con la creación que es el fruto amoroso de la humanidad. Es tan grande como el precipicio y denuncia el trono donde se posa la virtud del estrago. No le muestren lenguas amaneradas que vacilan ante la realidad, cartas cargadas de otras orillas. Déjenlo absorber hasta la última letra de este naufragio. Él se mueve como una cometa en el torrencial y si mucho le halan de los campos, rompe la única cuerda y desaparece, porque se ha liberado de la invalidez. Siente que el desahucio le quema los talones y que sobre él ha caído la eutanasia. Rota sin descanso por la estación helada de los higos y los féretros. No espera dar ni recibir, su médula parasitaria ha claudicado. Si tocan a su puerta, que está sostenida por las bisagras del instante, ofrece lo necesario y cierra. No se le verá más. ¡Ahora tiene tantas puertas su soledad! No lo atormenten con groserías de animal domesticado, fraterno y culto. Bastante tiene ya con saberse parte de esta hoja sucia que insistimos en utilizar. Su madriguera es el verbo. No lo asedien, pirañas; no lo ronden, zorrillos; no lo intenten o descargará el puño de sus verdades con inclemencia sobre nuestras casas. Él ya no le pertenece a las súplicas ni al arrepentimiento. Ha abandonado los escalones que conducen al deshecho humano. Si los cachorros del sendero lo ofuscan, les acaricia porque comprende su ingenuidad. Pero no debemos aprovechar tal osadía, tal pureza, o sus ojos que traspasan las cosas nos harán subir al púlpito y acostarnos para él y nuestros corazones rodarían para saciar la hambruna de la tribu. Al que él ha de invitar a brindar el mosto de la manzana, no esperará que se le devuelva amor y al darlo lo aumentará. Al que se gane su cariño irá vestido con la osamenta y el quijotesco ardor de la piel. No atiende a la censura que lo ensalza hasta enfilarlo en la línea de partida. No lo antojes a dormir cuando monta guardia porque eso es darle gusto a la inocencia. Ha partido y está rodeado de música, limpio, asquerosamente hermoso como un obrero con la mitra del obispo. No lo subestimes por ser sordo a tus necedades. Camina mudo, surgiendo como el alarido de la astronomía. Es una línea de la página que se extiende sobre los tigres. Se interna en el ánimo desolado a perseguirse con mirada rapaz y su sombra brilla. Educa la voz presentando sus desvelos con la serenidad de una convulsión. Pretende alabarse en su pequeñez para honrar la grandeza de los otros. Sus alas son la intensidad de la vida. Cuando se sienta en el huerto donde solía jugar con sus amigos, se protege del sigilo porque es infiel y traicionero. Sus pisadas son palabras. Sus palabras son acciones. Nadie le pertenece. Aún está batallando para saber qué lo ata a sí mismo. Si se le presiona, su lengua es una tijera: para comprenderme deberás nacer del agua, donde no hay tiempo ni lugar. ¿Qué me pides? No puedo darte otra cosa que la imagen de un ave que se riega en los atardeceres o la de un monje que arranca los jardines de flor marchita con un grito bestial de cíclope burlado, colérico como el poniente de un gran astro en cuyo corazón todos los soles bailan y los guayacanes se visten de nácar y rubíes. ¿No sería mejor que siguieras el rumbo acostumbrado y dejaras de fastidiarme? ¿Por qué no decides tomar tu propio rumbo? ¡Derrúmbate! ¡Sacúdete de silencio!

Así se contradice el violador para ganarse el perdón de su sombra gigantesca. Porque está demacrado y feo siendo una piedra en el río. Entonces se levanta para ser el puente que cruzarán sus pies y el río agradecerá que se le deje correr sin molestias por el ancho valle.

Víctor Raúl Jaramillo

Manizales, enero de 1991

Imagen: Fisch3r

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