SADAY O EL OCTAVO DEL APOCALIPSIS (UNO)

Lo que es igual para todos no interesa a nadie.

Antonio Porchia

Y puesto que no hay salvación

ni en la existencia

ni en la nada,

¡que revienten entonces

este mundo

y sus leyes eternas!

E. M. Cioran

PRELUDIO DEL INOCENTE

El poema es un cataclismo,

su canto es la contienda con lo absoluto

y viene agrio a combatir el destino:

lo enreda con su capa escondida

pero no teme

aunque lo agote su lenta galería tenebrosa;

aunque los párpados poblados de invasores

sean corazas insalvables para sus ojos.

¡Márchense de una maldita vez!

Le grita a los puentes y a las azaleas,

al gallo que suma cantos impares,

a los monumentos y a la soledad.

Quiere estar completamente solo,

sitiado por los elementos del desastre magistral

que pide su cabeza:

quiere amortajarse de granadas y hacerse pedazos;

quiere como quieren las grandes alas del cóndor,

magnífico de pasión y escalofrío,

poseído por la desbandada de los astros.

Intenta estar solo para comenzar la despiadada tarea

de acercarse a los jardines con garra filosa.

¿Alguien ha sorprendido por entero

a la serpiente que duerme

en el tronco silencioso que tiembla?

Echa hacia lo invisible su erecto espíritu de obelisco;

ata palabras para desatar acciones,

mas no hay otra noche

ni otro fagot arrinconado.

¿Qué le espera entonces?

Estar solo como el acertijo,

que viene, nos pellizca y se aleja,

dejando el sabor de un signo opaco y la duda.

Le queda retornar a las casas abandonadas

o destruirse como un volatinero

que deja pasar el trapecio.

Le queda interrogar los resabios,

destilar ligaduras, agonías,

devolverse sobre la roja pisada de los prejuicios

hasta erguirse y sentirse omnipotente con el abismo,

con su rito tenue y grave.

Entonces cruza la cama distendida del lobo

como una dinastía de reveses,

luz temblorosa, prisionera y filial.

Viendo el anuncio apresurado de neón,

el orgullo encementado del progreso:

lienzo sin museo

el perro destripado en la calzada,

postración y herrumbre,

atmósfera cáustica, vecindad demoledora.

¿Nacimos para estrecharnos en las calles?

Es su pregunta

y piensa que algún alumno de fina academia

pintará los decibeles ahogados

del niño epiléptico que se muerde la lengua

y la condena de la madre taciturna,

algún día.

Cruza la cama distendida del lobo,

madre puta y desvergonzada

donde el destino se alarga prodigiosamente

al olerse el pan de las carteras.

EMBRIAGARSE DE CELOS

Sí, es cierto,

los años nos cambian

y avivan nuestros rencores.

Cambiamos todos los seres,

todas las tierras y los cielos.

Todas las cosas cambian

y nos hurtan las ceremonias de los sonidos perdidos.

Somos causa y efecto resbalando en un ojo torvo,

fluido constante de sofoco, simulacro de abalorios.

En nuestras ojeras se columpia el desánimo

y una fila disciplinada de hormigas

nos alborota el asombro

que es uno de los imanes que rigen el mundo.

Frío como el alimento del preso,

forjando hendiduras de resabio en tus pies,

aspiras a ver nacer un árbol de oro

en el solar de tu rostro que escandaliza.

El freno de la Tierra

cuando está preñada

es anónimo a tu alharaca tremenda

y crees tragarte el mundo en un bostezo.

¿Dónde estás?

Apenas si te conozco cuando cruzas

con el cansancio de una ciudad en tu columna.

Víctima de una transgresión

has crecido en el silencio,

en el bolsillo adjetivado del silencio.

¿Tejiste la fantasía de las luces?

No temas al disfraz que es esencia en el hombre.

Asistes a reuniones de bienestar postizo

donde a hurtadillas se roba piedad para la depresión.

Pero ¿adhieres tu paso consternado

a la raza de las muletas?

Ve, aprende, y no vuelvas más.

Se una roca con sus súplicas, no hagas caso.

Pasa como pasan las balas

que sólo buscan dar en el blanco.

Que tu limosna sea callar y seguir adelante.

Esa pantomima es pobre

y es tu deber dejarla en la miseria.

Ve y aterriza como el gavilán,

sigue rompiendo, porque hay mucho edificio

que al menor soplo se derrumba.

Escarba en tus desiertos antes de volar

porque tu mente debe ser digna

del gusano que pretende escalar los cielos.

¡Seguir, seguir!

Continuar como el salmón,

como los búfalos de la fuga.

¡Seguir…!

Cultiva tu desesperanza y llegarás también.

¡Arriba, adelante!

O acabará el juego que se arruina,

los cuerpos faltos de custodia,

las mitologías y las fundaciones del porvenir.

Quizá esté empañado tu camino

y sea confusa tu dirección,

¡insiste!

Conquista los baldíos de tu territorio y siembra;

pero que sea la mejor cosecha

porque de nadie más será alimento,

sino de quien le brindó cuidado.

¿Crees suficiente el destrozo?

Aplaudo tu humildad y tu atrevimiento.

Glorifico el desparpajo de tu desidia que retrocede.

Animo el bostezo amordazado del instante

recogido por tu prontitud

para aumentar la decisión.

Me inclino ante tu ira que se va a descansar

con las espadas al bosque.

¡Aplaudo, glorifico, animo, me inclino!

Yo, el que no vale más de tres acordes de piano.

Estas son las dos primeras partes del poema: SADAY O EL OCTAVO DEL APOCALIPSIS, escrito en enero de 1991 en Manizales después del asesinato de mi padre, ocurrido el 15 de diciembre de 1990 en Medellín. No sé si le hubiera gustado, pero seguramente me lo hubiese dicho. Salió impreso por primera vez en mi novela SONATA DE UNA MUERTE, publicada por Carlos Enrique Sierra en su sello TRANSEÚNTE EDITOR, en el año 2008. Dicha novela está en un lento proceso de corrección, pensando en una posible segunda edición. Pido disculpas por mi incapacidad para presentar a ustedes la disposición original de los versos.

Víctor Raúl Jaramillo

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