Un viejo parque

En esa noche sentía que todo estaba ausente,
qué hasta la sedienta muerte a causa de amor se alejaba de mí.
En el alma, no volaban mariposas; eran hormigas masticando,
alacranes combatiendo, la soledad acuchillando.

Padecía de una absurda necesidad,
era como si me carcomiera la angustia por su distancia.
Pero ella, cada vez más fría,
sentenciándome al hambriento ciclo del olvido;
me escribía de su celular “Oe, York. Saludos”.
¿No era suficiente agonía? ¿Toda una tarde extrañando su voz?
¿Mis sueños añorando sus labios?…

Es imprudente no aceptar que me cautiva su sonrisa,
qué desde que me senté con ella en ese pequeño parque
a contarnos historias ya la adoraba, la idolatraba,
la entrañaba en mis deseos.

Yo no sé si ella recuerde lo mucho que le he dicho con mis miradas,
con los malos chistes, con esa “Bonita noche”
que siempre trato de revivir. Ahora, con nuestra prórroga sequía,
quisiera escribirle a su aroma, a su infraganti ser,
¿Qué tanto nos hace falta para un beso?

Yorkeen

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