VALS DEL ELEGIDO

De un lugar insospechado brotó la voz de su amado padre: su boca sedienta ofrecía la ahuecada palabra que ya nadie supo reconocer. Ni siquiera aquellos que escucharon desde niños el ingente mensaje. “Escuchar para olvidar no es escuchar”, solía decirles a los fieles en cada una de sus prédicas. Pero la voz siempre se perdía por los resquicios de cualquier bostezo, convertida muy pronto en una queja de arena.

Estaba tirado en la calle, como quien espera una moneda. El sexo abierto, seco. Un licor malsano brotaba de sus pestilentes heridas. Sus seguidores mendigaban la paciencia de los transeúntes y lo señalaban con compasión, con ese gesto común que evidenciaba su codicia. Un perro azul pasó cabizbajo y, después de lamer las llagas del abatido profeta, inició un baile con el que las personas gritaban gozosas, reían, daban aplausos alborozados.

Una niña entró en la mirada del elegido como una estrella: le recordó los juegos de esa infancia suya detenida por el lastre del vaticinio. La desnudez de la pequeña perfilaba la futura mujer que apetecerían los borrachos y los menesterosos, los sacerdotes y los mercaderes. Sin saber su porqué, el hombre sintió un leve temblor y una gran vergüenza. Como esa primera vez en que vaciló frente a la mujer que le dio sus senos, no para que mamara su leche, sino para saciar el deseo que ardía entre sus piernas.

La niña caminaba como quien va por el aire, pero sin el vuelo que la protegería de toda lascivia. Sus ojos seguían la sombra de tres jinetes alados que llevaban una bandera rota donde se adivinaba una doctrina sin aliento —muerta ya siglos atrás— perdiéndose entre los espejismos del cielo. Tras ellos, músicos de enhiestas caravanas nunca antes vistas, incendiaban los últimos templos y sus estandartes. Sepultaban sus últimas cruces.

Y así en medio de un umbroso sueño la tarde se fue llevando el augurio que todos necesitaban y nadie volvería a escuchar.

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