Vigilar el poder, mapear el placer y habitar la ciudad

Para Andrés Klaus

La sombra iba y venía, parecía adelantarse, se adelantaba y era una sola sombra larga y enseguida se iba quedando atrás, adelgazando hasta ser un filoso trazo en el asfalto.

Pasado y presente, así funciona la memoria: va y viene, en ambas vías y a deshoras. Su actividad siempre se refleja en hechos que al ser tocados se vuelven una cinta de ficción, un collage surrealista. La memoria es creadora ante todo: si estuvimos en algún momento del ser-ahí, si fuimos alguna vez lo que sea que hayamos sido, no lo podríamos asegurar tajantemente, no habría ni ser ni estar ni lugar en el tiempo que pudiesen dar crédito de nuestra errancia: leve oquedad con sus fracasos y sus débiles alegrías.

Las cosas que permanecen no tienen ojos que las estén mirando continuamente. Y un hombre que siente como que sí y como que no, o como que algo hubo en la existencia que era lo que ahora parece ser, aunque dude de serlo, no llegará muy lejos: ínfimo esbozo en las brumas del universo. Máxime si fue arrojado con desprecio a las faenas de su estirpe.

Su recuerdo no da con todo lo que ha sido: algo se pierde siempre, siempre falta algo: una muñeca, una estampilla de correo, un carro de juguete, el cuaderno donde se lleva un diario… el árbol de todos los días en el camino del bosque, no sé. Uno afirma haber vivido, pero no podría estar completamente seguro de ello quien algo ha dejado atrás, quien ha olvidado su porqué. Precisamente eso que ahora tanto necesita para confirmar que no es un sueño o un mero concepto o el eco de una vieja letanía. Un boleto de feria, una máscara antigua, un pequeño espejo.

El espejo también es olvidadizo: su azogue ebrio crea las imágenes con que salimos al trabajo y por las cuales somos reconocidos, aunque no concuerden con el habitual uso de la mismidad. Imágenes temblorosas, a punto de ser el remedo de nada en las calles alteradas por un infernal calor. Y eso: que nos miren y nos sonrían, que nos den los buenos días o que una chica nos confunda con un amor perdido es lo que constata que somos alguien de verdad, no uno más entre miles al darnos cuenta que hemos dejado atrás la única oportunidad de abrir un espacio entre la muchedumbre, esa calamitosa montonera de restos.

¡Una fútil esperanza, qué más podrías ser!”, inquiere la sombra enredándose en las patas de un gato blanco. La misma que escarba en los talones y al mediodía se esconde bajo el sombrero. Esa sombra que nos llevaremos a la tumba.

No hay salida, estamos perdidos. Hemos dejado lo que éramos para alcanzar lo que no hemos pedido y no estamos aún satisfechos. Por tal motivo seguimos tras una mirada que nos detenga mientras cruzamos la esquina y nos dé su mano. Esperamos fervientemente que alguien nos llame por el nombre, pese a su inutilidad. Deseamos hasta la fiebre que nos pongan la humanidad en el hombro y nos digan de una vez por todas lo que hace falta.

Después de ser arrojados, ¿quién no espera ser acogido? Pero hay del que no tenga con qué: ¡los peajes del mundo son costosos!

VÍCTOR RAÚL JARAMILLO

2 Responses